Desmontar la mirada, desbordar la forma, rehacer la presencia:
Investigación coreográfica del cuerpo en estado de danza desde la práctica morisca
Lucila Téllez Elías / Lila zellet-elías
Planteamiento
Este proyecto nace de una incomodidad en el cuerpo, de una sospecha persistente: que no todo lo que se mueve está vivo y que no todo lo que se muestra está verdaderamente presente.
En la danza —y particularmente en las prácticas folclóricas y étnicas— el cuerpo suele organizarse para representar algo: una identidad, una tradición, una imagen reconocible. El movimiento se afina, la forma se perfecciona, el gesto se vuelve legible. Sin embargo, existen momentos breves y difíciles de explicar en los que esa lógica se fisura. El cuerpo deja de sostener únicamente una forma y aparece otra calidad de presencia: más vulnerable, más incierta, pero también más viva. Es desde ese umbral que surge esta investigación.
La noción de cuerpo en estado de danza (1) aparece aquí no como estilo ni técnica, sino como una condición del cuerpo. Un estado material y energético que acontece cuando algo en su densidad se transforma y el cuerpo deja de permanecer completamente fijo en sí mismo. No se trata de una decisión consciente, sino de un desplazamiento: el cuerpo se vuelve más permeable, más poroso, más sensible a fuerzas, memorias y afectaciones que no controla del todo. En ese estado, el cuerpo deja de afirmarse únicamente como imagen. Suspende, aunque sea por instantes, la necesidad de ser reconocido, explicado o validado, y accede a otra forma de presencia.
Es ahí donde emerge una pregunta que no es abstracta, sino profundamente física:
¿cuándo un cuerpo es alguien?
¿y en qué momento deja de serlo?
Desde esta intuición, la investigación se acerca a la danza no sólo como movimiento visible, sino como aquello que interrumpe la representación y transforma la manera en que un cuerpo habita el espacio, el tiempo y la percepción (2).
Más que producir una coreografía cerrada o afirmar una identidad fija, el proyecto busca explorar estados donde el gesto deja de responder únicamente al control, a la exhibición o al reconocimiento, y comienza a abrirse a una experiencia más honesta y sensible de presencia.
Porque quizá hay instantes en los que el cuerpo deja de intentar ser visto…
y comienza, simplemente, a acontecer.
Alguien, nadie…
Ser alguien es, quizás, la primera coreografía que aprende el cuerpo. Tal vez también la primera que olvida.
Sostener un nombre frente a la mirada de los otros.
Persistir en una forma reconocible.
Habitar una continuidad suficiente para no disolverse.
La identidad organiza el gesto, estabiliza la aparición y administra aquello que puede ser visto. El cuerpo repite signos, hereda formas, encarna imágenes que lo preceden. Y así, poco a poco, la presencia se endurece alrededor de aquello que puede afirmarse.
Pero hay instantes —breves, peligrosos, difíciles de retener— en los que algo se desplaza. No se trata de la desaparición del sujeto, sino de una fisura en su consistencia. El cuerpo deja de coincidir completamente consigo mismo. La forma pierde espesor. La identidad ya no alcanza para contener aquello que acontece.
Entonces emerge otra región de la experiencia: una zona donde el cuerpo no se borra, pero tampoco termina de afirmarse como alguien. Un umbral donde la subjetividad deja de organizarse únicamente desde la representación y comienza a abrirse hacia fuerzas que la exceden.
Quizá “Nadie” nombre precisamente esa grieta.
No una ausencia, sino una retirada.
No un vacío, sino una interrupción de la captura.
“Para lograr que el Cíclope Polifemo se confiara, Ulises le ofreció un vino espeso, sin agua.
Un vino que embriaga, que adormece, que abre la puerta.
—¿A quién debo agradecer este vino? —pregunta el Cíclope.
—A Nadie —responde Ulises.
¿Quién es Nadie?
Ya en la penumbra de la cueva, Ulises clava la estaca en el único ojo de Polifemo.
La visión es herida. La certeza se rompe.
—¿Dónde estás, Nadie, hacedor de mi tiniebla?
¿Quién es Nadie?”(3)
Tal vez la presencia no pertenezca del todo a aquello que se afirma, sino a aquello que se escapa. El cuerpo deja de coincidir completamente con la imagen que sostiene. El movimiento deja de organizarse únicamente para ser reconocido y comienza a abrirse a una experiencia más incierta, más porosa, más difícil de capturar.
Pensar la presencia es acercarse a ese umbral. No como pérdida de identidad, sino como suspensión momentánea de su dominio. Un cuerpo en estado de danza no desaparece: se vuelve menos fijo. Más permeable a fuerzas, memorias y afectaciones que no pueden reducirse del todo a significado.
Quizá sólo Nadie puede interrumpir la ilusión de una mirada total. No destruyendo lo visible, sino retirándose parcialmente de aquello que puede ser capturado. Y es ahí, en ese gesto mínimo pero radical, donde el cuerpo deja de sostenerse únicamente como imagen y comienza, finalmente, a presentarse.
La danza morisca, forma coreográfica
La danza morisca habita precisamente esa tensión entre el alguien y el nadie. Lenguaje coreográfico que desarrollo desde 2003, no surge como una técnica cerrada ni como una tradición heredada de manera intacta, sino como un territorio de encuentro donde distintas memorias culturales permanecen en fricción sin terminar de fundirse del todo.
Más que representar un origen, la morisca lo tensiona. Se alimenta del imaginario de Al Ándalus —ese espacio de convivencia y conflicto entre culturas musulmanas, judías, gitanas y cristianas— no como referencia histórica fija, sino como una vibración que continúa desplazándose en el presente y que, en el contexto mexicano, persiste muchas veces de manera invisible: absorbida, mezclada, desplazada hacia los márgenes de la memoria oficial.
La danza morisca no opera como una fusión de lenguajes, sino como un tercer espacio. Un territorio donde distintas lógicas del cuerpo conviven sin resolverse completamente. Lo oriental y lo occidental no se sintetizan: se rozan, se contradicen, se afectan mutuamente.
De esa tensión emerge una experiencia del cuerpo que no busca estabilizar una identidad, sino abrirla. Por ello, la morisca no organiza la escena desde la representación de personajes, culturas o narrativas cerradas. Sus elementos —la tensión, el intervalo, el silencio, la memoria corporal, el equilibrio, la suspensión— funcionan como condiciones para que algo acontezca. No se trata únicamente de ejecutar movimientos, sino de habitar relaciones donde el cuerpo pueda transformarse en el acto mismo de aparecer.
Desde esta perspectiva, la danza morisca se convierte en una práctica de investigación escénica: un espacio donde el cuerpo puede pensarse no como forma fija y reconocible, sino como un territorio sensible, inestable y continuamente atravesado por procesos de transformación.
¹ Gustavo Emilo Rosales, dixit
2 En resonancia con el pensamiento de J.F.Chevallier y su desplazamiento de la representación hacia la presentación escénica. Jean-Frédéric Chevallier, “Fenomenología del presentar”, Literatura: teoría, historia y crítica, vol. 13, núm. 1, 2011, pp. 49-84.
3 Reelaboración contemporánea del episodio de Odiseo y Polifemo (Canto IX, La Odisea), a partir de la Cátedra “Paradojas de la presencia”, Instituto de Estudios Críticos 17. Disponible en: https://17instituto.org/catedra-paradojas-presencia/
Tres años de trabajo
El primer momento de esta investigación se sitúa frente a una problemática profundamente contemporánea: el cuerpo regulado por la mirada externa. En un contexto atravesado por dinámicas de autoobservación y validación permanente, el gesto comienza a anticiparse, corregirse y encuadrarse antes incluso de acontecer. El cuerpo aprende a mirarse desde afuera. Mirada de Nadie explora esa fisura entre experiencia e imagen. A través de prácticas coreográficas centradas en la autocorrección, el extrañamiento y la internalización de la mirada, la investigación busca abrir un espacio donde el cuerpo pueda suspender, aunque sea por instantes, la necesidad de coincidir plenamente con su representación.
Después de atravesar la mirada, la investigación se desplaza hacia otra dimensión: el cuerpo después del impacto.
En diversas regiones de Morelos, particularmente en zonas de montaña del estado de Morelos, persiste la figura de los graniceros: personas que, tras haber sido alcanzadas por el rayo, establecen una relación singular con fuerzas que los exceden. Más que una función ritual, encarnan la experiencia de un cuerpo transformado por una intensidad que altera su relación con lo visible.
Desbordamiento. Graniceros, después del rayo no busca representar esta tradición, sino tomarla como resonancia para pensar el cuerpo atravesado por aquello que no logra contener del todo. ¿Qué ocurre cuando un cuerpo es alcanzado por una fuerza que lo transforma, pero no consigue reorganizar esa experiencia en una forma estable?
Frente al granicero como figura capaz de mediar con esa intensidad, la pieza se desplaza hacia otro cuerpo: un cuerpo en fisura. Un cuerpo abierto, alterado, incompleto. Un cuerpo que no termina de cerrarse alrededor de una identidad fija.Lejos de ser una carencia, esa apertura se vuelve potencia.
La danza explora entonces estados de vibración, afectación y resonancia donde el movimiento deja de organizarse desde el control y comienza a responder desde la escucha y la transformación continua. Como una flor que crece en la grieta del pavimento, el cuerpo encuentra en esa fisura una forma mínima y persistente de vida. Así, la pieza no busca resolver el impacto, sino habitarlo: dejar aparecer aquello que, incluso después del rayo, insiste todavía en florecer.
El tercer momento de la investigación habita precisamente esa tensión.
Alguien, nadie… explora la presencia ya no como cualidad estable, sino como acto de decisión. La danza se vuelve más mínima; la pausa, el silencio y la suspensión adquieren densidad. Lo que no se muestra comienza a tener el mismo peso que aquello que aparece. Después de haber sido imagen y después de haber sido desbordado, el cuerpo encuentra otra posibilidad: no quedar fijado en ninguna de sus formas.
Y es ahí donde la presencia deja de sostenerse como representación…
y comienza, finalmente, a acontecer.
Lila Zellet-elías es artista escénica y visual de origen gitano-libanés. Desde hace casi tres décadas desarrolla una investigación artística dedicada a tender puentes entre las raíces árabe-andalusíes y la experiencia cultural mexicana.
Doctora en Teoría Crítica y Creadora Escénica con Trayectoria (2022–2025), su trabajo desplaza las prácticas folclóricas y étnicas hacia territorios de investigación escénica donde el cuerpo aparece como memoria encarnada, territorio sensible y espacio de transformación.
Es creadora de la danza morisca, lenguaje coreográfico desarrollado desde 2003, donde convergen resonancias árabes, flamencas y mexicanas no como reconstrucción de un origen, sino como una experiencia viva de mestizaje, tensión y presencia.
Fundadora de Al Mosharabía, Escuela de Danza Morisca de México, directora del Encuentro Internacional de Al Ándalus en México y directora artística e intérprete del Ensamble Egiptanos de música y danza migrante de México (2003–2020), ha desarrollado una trayectoria que articula creación escénica, investigación, pedagogía y gestión cultural.
Su obra habita los cruces entre danza, memoria, identidad y pensamiento contemporáneo, revelando el cuerpo como un espacio donde distintas culturas, tiempos y afectos continúan resonando. “Danzar es recordar que lo imposible también nos pertenece: un latido compartido entre lo que fuimos, lo que somos y lo que todavía estamos por inventar.”










